... ¿de qué nos sirven? Sí, ya sé, que no se puede uno o una confiar demasiado, que es algo temerario a veces, pero... ¿de veras que el miedo nos va a ayudar en algo? ¿Acaso no hay veces en que basta una mirada a los ojos para saber si se debe o no confiar? Y, en caso de duda, ¿nos va a permitir la desconfianza evitar el posible golpe o confrontación? ¿Nos hacen felices, naturales, espontáneos?, ¿nos invitan a disfrutar de la vida? ¿Es lo mismo miedo, desconfianza, que prudencia y observación?
13 de septiembre de 2012
14 de agosto de 2012
A de aroma, de amistad, de agradecimiento
No os he contado (aún) que una de mis mayores alegrías es comprobar que los personajes de esta pequeña gran trama se han ido reconociendo a sí mismos en cada una de las historias que La culpa es de Milú os ha ido contando. Como se suele decir, son todos los que están, pero no están todos los que son, y eso hay que arreglarlo. Pero esta vez será más complicado. He de sumar a una mujer con la que, entre risas y lágrimas infusionadas, he descubierto que comparto mucho más de lo que a priori podría parecer. Tan sólo unas pocas pistas voy a dar, ¿conseguiré su reflejo?
Han sido pequeños pasos, pero nos han ido acercando tanto que, por fin, ni el mismísimo Popeye podría desligar el nudo. Nuestra comunidad no se limita al gusto por las cosas buenas de la vida, como el arte, la amistad o los paladares puros y originales, sino que se extiende a lo que a veces nos produce algún que otro sinsabor y los demás observan con menos entendimiento, como las inclinaciones estéticas, ciertas inquietudes político-sociales y la pasión con la que vivimos las experiencias que la vida nos ofrece. E, incluso, llega, qué bello ha sido comprobarlo, a las propias experiencias.
Secretos a medio guardar en latitas esmaltadas que esconden momentos agridulces no del todo digeridos; aromáticas confidencias a puerta cerrada que han ayudado, sin pretenderlo, a restañar viejas heridas. ¡Quién lo hubiera dicho!, dos corazones tan desiguales, unidos por tormentos tan similares. Tus escuchas, tus palabras, tu confianza y tus alientos, han sido siempre y ahora, amiga, sin reparos y sin condicionamientos. Nunca habrá suficientes muestras de agradecimiento.
Han sido pequeños pasos, pero nos han ido acercando tanto que, por fin, ni el mismísimo Popeye podría desligar el nudo. Nuestra comunidad no se limita al gusto por las cosas buenas de la vida, como el arte, la amistad o los paladares puros y originales, sino que se extiende a lo que a veces nos produce algún que otro sinsabor y los demás observan con menos entendimiento, como las inclinaciones estéticas, ciertas inquietudes político-sociales y la pasión con la que vivimos las experiencias que la vida nos ofrece. E, incluso, llega, qué bello ha sido comprobarlo, a las propias experiencias.
Secretos a medio guardar en latitas esmaltadas que esconden momentos agridulces no del todo digeridos; aromáticas confidencias a puerta cerrada que han ayudado, sin pretenderlo, a restañar viejas heridas. ¡Quién lo hubiera dicho!, dos corazones tan desiguales, unidos por tormentos tan similares. Tus escuchas, tus palabras, tu confianza y tus alientos, han sido siempre y ahora, amiga, sin reparos y sin condicionamientos. Nunca habrá suficientes muestras de agradecimiento.
18 de mayo de 2012
Mis (des)propósitos
Mi última ruptura sentimental marcó, no sé si casualmente, el inicio de una larga etapa llena de despropósitos. En lo laboral, lo personal, lo emocional... nada ha salido del todo bien, ni tampoco del todo mal, hasta ahora. El vaso se ha ido llenando de sinsabores hasta que finalmente, es lo normal, ha arribado la gota que lo ha colmado. Quizá el error haya sido ese, dejar que las cosas sucedieran sin pararme a analizarlas y, sobretodo, a analizarme. He ido dejando que ocurriera, dando por sentado que mis pocas habilidades sociales, que mis errores, mis reacciones y las acciones de quienes me rodean no eran más que algo pasajero y que no había nada bajo la epidermis. Desbordado el caudal, ha llegado el momento de adentrarse en las profundidades.
Quizá a algunos les resulte demasiado violento o algo postizo que desnude mi alma en estas líneas, pero no se me ocurrió mejor forma de hacerlo. No es por necesidad de justificarme, sino de reafirmarme en mi decisión y no me siento capaz de hacerlo ante los ojos de nadie, así es mucho más fácil.
Es el momento. Tengo que hacer un alto en el camino porque no sé adónde me lleva. Voy a meterme en la cueva para arrancarme las espinas, voy a bucearme para hallar las razones, voy a prepararme para afrontar de nuevo otra etapa del destino. Los errores, encontrarlos para intentar no volver a caer en ellos; descubrir el modo de vencer los miedos porque a estas alturas ya no se puede exigir responsabilidades a quienes me los infundaron. Están ahí, hay que superarlos. No sé cómo... quiero saberlo.
No pido perdón, pero sí. A mí misma y a quienes han de perdonarme. En este principio de autoanálisis, me viene a la cabeza una pequeña anécdota. Una madre que va a por sus hijos al colegio contiguo al de mi peque suele dejar su coche en doble fila, y no durante unos pocos minutos. Un día, veinte minutos después de la salida del colegio quise sacar mi coche pero el suyo me lo impedía. Me enfadé muchísimo con ella, le dije de todo. Pues bien, desde entonces siempre que me ve me sonríe y me saluda amablemente. Esa es la actitud.
Si me han hecho daño... ¿acaso no he hecho daño yo también? Volveré a sacar la cabeza y volverán a fallarme, volveré a fallar, pero ya no será igual. Es el momento de darle al botón.
Quizá a algunos les resulte demasiado violento o algo postizo que desnude mi alma en estas líneas, pero no se me ocurrió mejor forma de hacerlo. No es por necesidad de justificarme, sino de reafirmarme en mi decisión y no me siento capaz de hacerlo ante los ojos de nadie, así es mucho más fácil.
Es el momento. Tengo que hacer un alto en el camino porque no sé adónde me lleva. Voy a meterme en la cueva para arrancarme las espinas, voy a bucearme para hallar las razones, voy a prepararme para afrontar de nuevo otra etapa del destino. Los errores, encontrarlos para intentar no volver a caer en ellos; descubrir el modo de vencer los miedos porque a estas alturas ya no se puede exigir responsabilidades a quienes me los infundaron. Están ahí, hay que superarlos. No sé cómo... quiero saberlo.
No pido perdón, pero sí. A mí misma y a quienes han de perdonarme. En este principio de autoanálisis, me viene a la cabeza una pequeña anécdota. Una madre que va a por sus hijos al colegio contiguo al de mi peque suele dejar su coche en doble fila, y no durante unos pocos minutos. Un día, veinte minutos después de la salida del colegio quise sacar mi coche pero el suyo me lo impedía. Me enfadé muchísimo con ella, le dije de todo. Pues bien, desde entonces siempre que me ve me sonríe y me saluda amablemente. Esa es la actitud.
Si me han hecho daño... ¿acaso no he hecho daño yo también? Volveré a sacar la cabeza y volverán a fallarme, volveré a fallar, pero ya no será igual. Es el momento de darle al botón.
27 de marzo de 2012
En la próxima vida...
"Qué cosas tiene la vida", cuántas veces lo habremos dicho. Si es que es así, la vida tiene cosas, buenas o malas, realmente sorprendentes. Aunque me resistía a creerlo, es cierto, todo va y viene debido a ciertos ciclos que rigen nuestras vidas sin que podamos hacer nada para controlarlos. Ciclos que, en este caso, nuestro caso, querido amigo, te han acercado y alejado de mí y vuelto a acercar fugazmente para volverte a alejar y, de nuevo, a acercar, espero que esta vez ya para siempre.
Crecimos juntos en las aulas de un pequeño colegio en las que se fraguó mucho más que una amistad. Yo sin saberlo, y tú sin decirlo, tu corazón, ya no tan inocente, latía al compás de mi respiración. Cegada por la inocencia, nunca imaginé tus sufrimientos... Suerte que has vuelto para contármelo, para decirme que nunca dejaste de sentirme cerca, tan, tan cerca, que parece imposible que hayan pasado ya casi treinta, sí, treinta años.
La intensidad de tus recuerdos me ha traído a la memoria imágenes que se mecían en el sueño del olvido, momentos que se marcharon contigo; los juegos, mi fuerza, tus mejillas sonrosadas por la furia o la timidez... Nuestra infancia. La de veces que la habrás añorado... La de veces que, a miles de kilómetros de mí, habrás soñado que volvíamos a jugar juntos... La de veces que habrás deseado que desentrañara el secreto que custodiaban tus azules y enamorados ojos.
Los ciclos -esta vez la culpa es de los ciclos-, nos han vuelto a unir, para desvelarme tus secretos. Y, ya sin vendaje, veo la luz de una mirada dulce e inteligente curtida por la dureza de las circunstancias; el resplandor de los esfuerzos recompensados. Eres un luchador, pero de los que ganan y de los que saben apreciar las mieles de la victoria, porque se la merecen.
Soy afortunada, amigo, muy afortunada. Como tú dices, quién sabe, quizás en la próxima vida... ;)
Crecimos juntos en las aulas de un pequeño colegio en las que se fraguó mucho más que una amistad. Yo sin saberlo, y tú sin decirlo, tu corazón, ya no tan inocente, latía al compás de mi respiración. Cegada por la inocencia, nunca imaginé tus sufrimientos... Suerte que has vuelto para contármelo, para decirme que nunca dejaste de sentirme cerca, tan, tan cerca, que parece imposible que hayan pasado ya casi treinta, sí, treinta años.
La intensidad de tus recuerdos me ha traído a la memoria imágenes que se mecían en el sueño del olvido, momentos que se marcharon contigo; los juegos, mi fuerza, tus mejillas sonrosadas por la furia o la timidez... Nuestra infancia. La de veces que la habrás añorado... La de veces que, a miles de kilómetros de mí, habrás soñado que volvíamos a jugar juntos... La de veces que habrás deseado que desentrañara el secreto que custodiaban tus azules y enamorados ojos.
Los ciclos -esta vez la culpa es de los ciclos-, nos han vuelto a unir, para desvelarme tus secretos. Y, ya sin vendaje, veo la luz de una mirada dulce e inteligente curtida por la dureza de las circunstancias; el resplandor de los esfuerzos recompensados. Eres un luchador, pero de los que ganan y de los que saben apreciar las mieles de la victoria, porque se la merecen.
Soy afortunada, amigo, muy afortunada. Como tú dices, quién sabe, quizás en la próxima vida... ;)
22 de enero de 2012
Lumi Requejo
Lumi Requejo: Lumi Requejo, lumiredo, dícese de cierta dianense nunca suficientemente preparada por lo que se encuentra en constante proceso de aprendizaje como periodista, madre y amiga.
17 de octubre de 2011
¡Cuánto tarda la "tardor"!
"Tardor", así llamamos al otoño en valenciano. Nunca antes esta palabra ha definido tan bien a una estación que está tardando demasiado en llegar a esta tierra privilegiada. Si bien es cierto que por la noche refresca un poquito, los días siguen siendo soleados y calurosos. A mí me gustan relucientes, espléndidos, pero no tan sofocantes. De hecho, mis días preferidos son esos de invierno en los que hace un frío que pela y sientes en la punta de la nariz la tibieza de los rayos del astro rey, que reluce orgulloso y solitario en el cielo.
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| Mi Dénia en malvas... |
Este año parece que el verano se resiste a dejar paso a la "tardor" y por eso ésta tarda tanto en bañarlo todo de ocres y malvas... Y digo que no se va, no sólo climatológicamente hablando. En mi vida también el verano sigue dando sus últimos coletazos... Claro, el clima invita a pasear, salir y disfrutar al aire libre... Hablando del verano, hacía tanto que las musas no me visitaban que no os he contado todo lo bueno que sucedió, como la aventura que viví con mi amiga la "flor rara" en el Festival Periférico 2, en la Masía la Torre de Nogueruelas (Teruel). A pesar de las peripecias para ir, y más aún para volver, en moto (4 horas de viaje, niebla, frío, tráfico y avería del motor), mereció la pena. Por supuesto, os recomiendo la experiencia: un fin de semana perdidos en un bello paraje rural, con tienda de campaña, bajo un cielo colmado de estrellas (nunca había visto nada semejante), disfrutando de conciertos, monólogos, cuentacuentos, proyecciones... Y de nivel, ¿eh?
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| Las peques y su puesto de limonadas en Les Rotes, ¡qué gran momento y qué éxito! |
Pero, pero, pero..., eso no fue lo mejor del verano, que vino después. Y es que, sin esperarlo, entraron en mi vida dos pequeñas princesitas muy, pero que muy especiales, a las que estuve ayudando con el repaso de las asignaturas del cole. Fueron tres semanas tan sólo, más que suficientes para encariñarnos, sobretodo yo, porque de ellas es difícil no prendarse rápidamente. Listas, guapas, divertidas y aplicadas como ellas solas, algo fuera de lo común hoy en día. La mayor de "mis peques" es también bloguera y apunta maneras como escritora y/o dramaturga. La más pequeña tiene gracia, salero y una energía desbordante que le llevará a conseguir lo que ella quiera. Lástima que hasta el próximo verano no han de volver... Me echan de menos, como yo a ellas, o al menos eso me han dicho. Me llamaron hace unos días. ¡Me emocioné tanto!
19 de julio de 2011
Como el pepino...
Casi un mes ya desde la última publicación... La culpa es de Milú, temperamental, idealista, soñadora, se mueve por instito, por impulsos viscerales..., siempre necesitada de las musas. ¿Qué hacer cuando ni la inspiración, ni la motivación acompañan? Paciencia, volverán... Han vuelto.
El pequeño huerto de mi padre ha empezado a dar sus frutos. Ensalada con un poco de lechuga comprada y los sabrosos tomates y pepinos del abuelo (el iaio). Cortando el pepino he recordado que hasta que no tuve uso de razón y alguien me dijo que si los cortabas por el lado equivocado amargaban, yo ni me había dado cuenta. Osea, que para mí los pepinos empezaron a amargar en el momento en que alguien me lo dijo, es más, desde entonces o nunca he sabido cortarlos bien, o es que siempre los encuentro acerbos.
Lo mismo se podría decir de la propia vida que, como el pepino, empieza a amargar cuando alguien te advierte de que no todo es fácil y alegre. Hay a quienes les empieza a acibarar en ese preciso instante y ya nunca más le encuentran el punto dulce, quizá porque, como pasa con los pepinos, nunca han sabido por dónde han de cortar.
Sin embargo, nunca pierdo la esperanza. Sigo empeñándome en encontrar el lado correcto y, aunque amarga a veces, la vida es un suculento manjar de los que hay que disfrutar más allá de consciencias, más allá de advertencias.
El pequeño huerto de mi padre ha empezado a dar sus frutos. Ensalada con un poco de lechuga comprada y los sabrosos tomates y pepinos del abuelo (el iaio). Cortando el pepino he recordado que hasta que no tuve uso de razón y alguien me dijo que si los cortabas por el lado equivocado amargaban, yo ni me había dado cuenta. Osea, que para mí los pepinos empezaron a amargar en el momento en que alguien me lo dijo, es más, desde entonces o nunca he sabido cortarlos bien, o es que siempre los encuentro acerbos.
Lo mismo se podría decir de la propia vida que, como el pepino, empieza a amargar cuando alguien te advierte de que no todo es fácil y alegre. Hay a quienes les empieza a acibarar en ese preciso instante y ya nunca más le encuentran el punto dulce, quizá porque, como pasa con los pepinos, nunca han sabido por dónde han de cortar.
Sin embargo, nunca pierdo la esperanza. Sigo empeñándome en encontrar el lado correcto y, aunque amarga a veces, la vida es un suculento manjar de los que hay que disfrutar más allá de consciencias, más allá de advertencias.
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